Diario

El pesar de La Mancha

Alonso Quijano te observa desde la torre esperando a que algún día despiertes

27 de marzo de 2021

Foto: Lucía Montilla Rodríguez
Foto: Lucía Montilla Rodríguez

Alonso Quijano se sentía solo. Visionario o loco, eso ya importa más bien poco. Soñaba tanto despierto que nunca lo tomaron en serio. Poco cuerdo, pero el más caballeresco. Dos caras en un mismo cuerpo.

Alonso Quijano se sentía vacío. Ayer recorrí La Mancha y visité sus molinos, esperaba encontrar gigantes, pero de ellos no queda nada. El viento acallaba el recuerdo de aquel hombre que soñó con ser inolvidable. Una vez vino a verme con la ilusión de un niño que se inventa su propio juego, su rostro no era el de un hombre terco y su armadura no parecía destartalada: era diferente a lo que recordaba.

Alonso Quijano se sentía perdido. Nacido noble, pero con alma de pobre. El «Caballero de la Triste Figura» hizo de su gesta el final de su búsqueda. Siempre aspiraba a mucho más de lo que le había sido dado. Siempre cabalgando en busca de un gran tesoro. Vagaba por el mundo con la única intención de demostrar algo.

Alonso Quijano se sentía extraviado, pero su recuerdo quedó inmortalizado. Su tesón hizo volar a un manco encarcelado. Su estela ha recorrido mil y un páramos, pues, ¿quién no se ha sentido alguna vez hidalgo?

Alonso Quijano también se sentía valiente. Tomó las riendas y subió a la torre. Desde el centro del panóptico observaba, desafiaba e intimidaba. Veía la realidad tal y como era: única. Se preocupaba de encajar todas y cada una de las piezas mientras nosotros nos dábamos la vuelta.

Alonso Quijano dejó caer la llave, pero, como nadie se giraba, bajó de la torre. Acomodados en nuestras cárceles seguimos, con miedo de que alguien pueda ver nuestros más íntimos sueños. Alonso Quijano somos todos, pero Don Quijote… Eso ya no hay tantos.

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