Diario

Vestigios de una época pandémica

El paraguas que borró las penas de Mariola | Publicado el 07 de febrero de 2022

La Colina, Córdoba (23 de enero)

Mariola llevaba dos años sin salir de casa. Bueno, casi dos años. El 13 de marzo de 2020 fue un punto de inflexión en la vida de muchas personas. Aquel día, cuando el gobierno declaró el estado de alarma, nuestra rutina dio un giro de 180 grados. Ese día, se erigió un muro y empezamos a tachar día a día el calendario.

La cuarentena llegó a su fin y poco a poco nos incorporamos a la normalidad, pero la vida de Mariola nunca volvió a ser la misma.

Madre e hija, tres personas a su cargo y desempleada. Vive en Sierra Morena, en un pequeño barrio de las afueras de Córdoba. Ha convertido una parcela de mil metros cuadrados en su fuerte y apenas sale. Lo abandona en busca de suministros, para llevar a sus hijos al cole o simplemente para dar un paseo – es una fan de las ovejas -.

Los pulmones de Mariola están más limpios que nunca, pero algo dentro de ella extraña el centro de Córdoba. Echa de menos echar a andar y perderse por la Judería, colarse dentro de las Caballerizas o simplemente tomarse un chocolate con churros en Las Manitas.

La última vez que fue, pasó de pasada con el coche. Habían pasado cinco meses, eran las seis de la tarde y no se escuchaba ni un alma en la calle. El corazón del turismo estaba desierto y todas las persianas llegaban al suelo. Era agosto y no había ni una flor en los balcones. La Corredera vacía, apenas seis mesas donde antes cabían doscientas. Macetas mustias y poco ‘cachondeo’ en las plazas. Sí, definitivamente todo había cambiado.

Mariola se deprimió tanto que desde entonces no ha salido del campo. Cada tres días pasea en busca de espárragos y cada cinco recoge moras y piñas. Aquella mujer de treinta y pocos con alma dicharachera, hoy se siente como si rozara los sesenta.

Ha pasado un invierno monótono, sin patios ni zambombas, la única música que escuchaba era el crujir del brasero.

Últimamente tenía la vista perdida y ya ni siquiera el humor verde le sacaba una sonrisa. Sin embargo, la vi el otro día y parecía distinta, le pregunté que cómo le iba la vida y esta vez su respuesta no fue monosilábica. En uno de sus paseos por el campo descubrió algo inesperado.

Mariola es Tauro y es terca como una mula. Pocos días sale de su rutina, pero el otro día decidió subir la colina que siempre rodeaba. No solo encontró nuevos arbustos con espárragos, sino que entre hierbajos y matorrales descubrió algo raro.

En medio del campo había un trocito del esplendor de Córdoba. Un paraguas asomaba entre los arbustos. Estaba abierto y había perdido el mango. Sí, era un paraguas, simplemente eso, pero para ella era especial.

Hay dos cosas fascinantes que tienes que saber de esta historia. Primero, en Córdoba rara vez llueve, apenas hay treinta días de lluvia al año, por lo que… ¿Qué hacía un paraguas perdido en Sierra Morena? Segundo, era un paraguas turístico.

Así es, era uno de esos souvenirs horteras que se llevan los ingleses. En su dibujo estaba plasmada la Mezquita, la Calleja de las flores, los Patios, las Tendillas e incluso el Potro. Era Córdoba en primavera, vestida de flores y llena de vida.

Mariola llevaba tanto tiempo sin verla que decidió que era hora de volver a perderse entre culturas. Este fin de semana ha vuelto a visitar su ciudad. El lugar en el que se crio y se enamoró por primera vez. Poco a poco las tiendas han vuelto a abrir sus puertas y aunque aún se huele la crisis, por primera vez siente esperanza.

Me ha contado que no ha movido el paraguas y que piensa ir a buscarlo cada vez que vaya en busca de espárragos. Además, estaba tan ilusionada que ha cambiado la placa de su casa. Cinco azulejos anuncian ahora su parcela, “Villa Penas” ha dejado de existir y ahora es simplemente “Que Sí”.

La Colina, Córdoba (23 de enero)

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