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La proliferación de las redes y el deterioro de la salud mental

Un trabajo de Estela Alba, Lucía Montilla, Alexandra Smith y Alejandro Vázquez

En un móvil se lee: "Las redes sociales dañan seriamente tu salud mental"
«Las redes sociales dañan seriamente tu salud mental»

En un mundo hiperconectado donde nos pasamos horas detrás de una pantalla, los vínculos cada día son más líquidos y las relaciones son esporádicas, tener ansiedad social se ha vuelto el denominador común que más comparte la sociedad hoy en día. 

Sin embargo, en este contexto, tenemos que plantearnos cuáles son los límites de las redes sociales, hasta dónde llega la autoexposición del ser humano, si esta sociedad de apariencias es la que manda en nuestra felicidad, cuáles son sus fundamentos y cómo esto repercute en nuestra salud mental. ¿Las estamos utilizando nosotros o somos nosotros el producto? 

En esta era digital, que ha proliferado en los últimos años, los móviles se han convertido en una extensión más de nuestro cuerpo. Vivimos conectados a través de sus pantallas y cada vez somos más dependientes de estos aparatos “chupasangre”.  Publicamos responsabilidades diarias y nos esforzamos por mantener al tanto a nuestros seguidores. Todo esto ha provocado la emergencia de una tendencia innovadora dentro de las redes que se centra en el empleo y da lugar al perfil hoy conocido como influencer o micro influencer.  Sin embargo, el no saber gestionar la dependencia de las redes puede traducirse en adicción y esto llega, en ocasiones, a causar problemas de salud mental que terminan en la desactivación de los perfiles en redes e incluso acaban, en los peores casos, en suicidio. 

En los últimos meses influencers de renombre como Dulceida o María Pompo han tenido que tomarse “un respiro” de las redes sociales o personajes tan conocidos como Verónica Forqué han terminado con su vida. En la sociedad de la autoexposición, cada persona acaba siendo un producto y el ritmo de los “me gusta”, en ocasiones, acaba siendo tan frenético que no perdona a nadie. 

¿Cómo está afectando a nuestra salud mental? Y aún más importante, ¿qué se puede hacer al respecto para evolucionar a una sociedad más sana mentalmente? Para llegar al fondo del asunto, tenemos que analizar lo que ya ha sido estudiado. Empecemos.

El triángulo de la violencia es el concepto introducido por Johan Galtung para explicar la violencia en los conflictos sociales que se representa a partir de tres tipos. Además, estos tres conceptos son interdependientes, de modo que, cualquier forma de violencia puede afectar a los otros tres tipos.

Por un lado, la violencia directa, que es la visible y la que se detecta con mayor facilidad a través de la conducta. Se entiende como el daño corporal, físico y/o mental, en este último caso, los ataques constantes de forma directa o indirecta conducen al deterioro de la salud mental. En este tipo de violencia hay un acusado y una víctima. En algunas ocasiones, el sujeto de la violencia es el mismo que la perpetra.

Por otro lado, la violencia comunicativa, la cual se basa en palabras y actitudes que legitiman la violencia, por ejemplo, a través de comentarios que deshumanizan a las personas: “qué fea eres” o “¿por qué vas con esa ropa?”. Este tipo de violencia aplica en las dos direcciones, puede ser la forma que tiene un sujeto de hablarse o los comentarios externos que recibe.

Y, por último, la violencia estructural representa la no satisfacción de las necesidades y que, por ende, genera desigualdades. A pesar de que es la menos evidente, es la peor de las tres porque es la que origina en sí la violencia y es complicado identificarla y enfrentarse a ella. El machismo, el racismo o la homofobia son ejemplos de este tipo de violencia.

Por su parte, Byung-Chul Han identifica aquellos factores como el trabajo, el éxito o el desempeño que cada vez impactan más en el bienestar social. Así, concluye que las enfermedades mentales como la depresión o el burnout son fruto de una sociedad hipercomunicada e hiperconsumista que mide a las personas en función de su rendimiento.

La dinámica de esta sociedad consiste en que hemos pasado de ser explotados por un externo, a ser nosotros mismos quienes nos explotamos en un esfuerzo por destacar y diferenciarnos constantemente del otro. De esta forma, la presión y la autoexigencia de tener que superarnos todo el tiempo acaba por causarnos estragos.

Por otro lado, Jorge Moruno incide en la integración, que no conciliación, de la vida y del trabajo. En una sociedad donde los trabajadores no tienen derechos, regulaciones y salarios decentes y suficientes, la disponibilidad total se convierte en la piedra angular que demandan todas las empresas. El autor hace hincapié en que hay una tendencia en la sociedad en pensar que el emprendimiento puede salvarnos de la precariedad, pero esto lo que hace no es otra cosa que exigirnos aún más implicación, que es precisamente el objetivo de esta sociedad mercantilizada: vivir por y para trabajar.

En la revista «Comunicar» se define como discurso de odio a cualquier expresión pública, consciente e intencionada de contenido que señale a una persona a un colectivo de forma hostil y busque su rechazo. Suele darse por motivos de género, raza, religión, afiliación política, identidad y orientación sexual, etc.

Según los expertos, este tipo de interacciones fomentan la intolerancia, la discriminación, la violencia y, en los peores casos, el exterminio físico. Además, cuando un individuo está expuesto continuamente a este tipo de discursos, se produce el fenómeno de la desensibilización y se normaliza la estigmatización, algo que incrementa los prejuicios y la violencia hacia los sujetos del odio.

De acuerdo con el trabajo de Castaño-Pulgarín, entre otros autores, los discursos de odio se ven amplificados por el uso de Internet y de las redes sociales, ya que se dan en un ciberespacio cuya propia definición incita a la libertad de expresión sin límites aparentes.

Este tipo de comunicación no solo deriva en la proliferación de estereotipos y violencia verbal, sino que se convierte en un primer detonante justificante de los crímenes de odio, agresiones, discriminación y un largo etcétera que acaba afectando a la convivencia y a la salud mental tanto del que es víctima como, en algunos casos, de quien es testigo o perpetra el acto.

Por un lado, Bárbara Ehrenreich hace un ataque a la cultura del “yo lo valgo” para conducir a los individuos a la prudencia y a la responsabilidad, dejando a un lado el pensamiento de la vida ideal. Se basa en hacer ver a la sociedad que ser positivo no es ver bien todo, sino saber actuar en cada momento como corresponde, con el máximo beneficio y el menor daño. Un ataque a la obligación de ser feliz a toda costa  que se ha vuelto como un negocio en redes sociales. Capitalizar el malestar y nutrirse de él se ha vuelto un trabajo. 

Por otro lado, Edgar Cabañas habla de la nueva industria de la felicidad en la que el dinero es capaz de hacer que las personas dejen los sentimientos negativos a un lado, y, por ende, poner nuestra mejor cara en las redes sociales. Es decir, las redes sociales son capaces de calar en los individuos controlando sus deseos de ser feliz a toda costa y en todo momento. Esto conlleva dejar de ser nosotros mismos y provocar una exigencia personal en la que hay que ser feliz a toda costa. De este modo, para Cabañas, cuando convertimos la felicidad en una elección, el sufrimiento también se vuelve una elección. 

Autoexplotación

Desde que Aitana salió de Operación Triunfó en 2017, son muchos los proyectos que a la cantante le han ofrecido fuera de su línea musical: desde proyectos textiles hasta gastronómicos. Sin embargo, muchos de ellos le ha costado duras críticas de sus seguidores, en los que en ocasiones ha tenido que decidir si seguir o parar.

Discursos de odio

Verónica Forqué, actriz española, ha participado en numerosos filmes y series de televisión como «Kika» o la aclamada «La Que Se Avecina». Últimamente asistía a programas de televisión o concursaba en ellos, como en MasterChef Celebrity. Este último conllevó una gran cantidad de críticas hacia Forqué en redes sociales cuando la actriz afrontaba uno de los momentos más difíciles de su vida.

Happycracia

La mayoría de celebridades suben a sus perfiles de redes sociales contenido en el que muestran su lado bueno del día a día. Al fin y al cabo, enseñan lo que venda mejor su imagen para dar una buena impresión. Sin embargo, la necesidad de mostrarse felices les lleva, en ocasiones, a aparentar una vida maravillosa cuando en realidad pueden estar pasando por depresión, ansiedad, estrés, etc.

Cuatro propuestas

En suma, podemos ver cómo hay factores que se repiten: las celebrities se exponen a sí mismas y hacen colaboraciones que no las benefician en sus objetivos profesionales solo por estar en boca de sus seguidores; la audiencia critica y cuestiona cada cosa que hacen; y, mientras tanto, los famosos tratan de aparentar que no pasa nada y que su vida es maravillosa.

¿Cómo puede mejorar la relación entre salud mental y redes sociales? Proponemos cuatro soluciones:

  • Estructuras sociales más igualitarias

En un mundo acusado por el machismo, hay que reivindicar el feminismo y empoderar a las mujeres. Se debe empezar desde las propias marcas que no utilicen las imágenes de las mujeres como imanes para el consumo. Luego, sería lógico pensar en una comunicación basada en la igualdad y en la aceptación de todos, más que en la competitividad y la falta de sororidad.

  • Una respuesta cultural más empática

Desde la audiencia, ante una situación de abandono de las redes o cualquier problema que se manifieste, dejar de avasallar a preguntas, invadir la intimidad de la persona o criticar indiscriminadamente. La empatía, el respeto y la comprensión deben ser los valores fundamentales que guíen las interacciones sociales. Así, cuando una persona se muestre vulnerable, se debe abrazar esa vulnerabilidad y mostrar apoyo. De esta forma, los estándares de autoexigencia bajarán y las personas empezarán a vivir para sí mismas y su vocación profesional.

  • Discursos a favor de la salud mental

Acudir a un psicólogo, hablar de los sentimientos en público o  admitir que estás pasando por un mal momento eran cosas que hasta hace poco eran tabú. Nadie lo hacía. En cambio ahora, aunque sigue habiendo gente incapaz de hacerlo, hay personas que alzan la voz y apuestan y defienden la protección de la salud mental. Que los influencers hablen abiertamente sobre problemas de este tipo podría ayudar a concienciar a la población que pone atención a esta cuestión.

  • Algoritmos que presenten menos sesgos

Las redes sociales han de presentar una serie de cambios a la hora de generar sus algoritmos y destacar publicaciones. En contraposición del clic fácil, se debe controlar que la publicación destacada o el tema de relevancia no favorezca el sesgo endogrupal ni los mensajes basados en discursos de odio y otras características que puedan ser ofensivas para algún colectivo. Ha de sobreponerse el respeto y la empatía sobre el amarillismo que reina. Hay que establecer un control de qué tipo de contenidos se generan.

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