Crónicas

Devuélveme mi estrés

10 de mayo de 2018

Foto: Lucía Montilla

Antes me estresaba llegar tarde a clase, que no tuviera suficiente óleo para pintar un cuadro o no descifrar bien las partituras; hoy he dejado todo eso porque mi nuevo hobby consume cada instante de mi existencia.

Vivimos estresados, yo vivo estresada. No podemos movernos sin consultar el móvil, lo que ya es nuestra tercera mano o más bien la primera, ya que lo utilizamos tanto que a este ritmo se convertirá en la cuchara con la que comamos.

Tenemos una relación romántica con el móvil, queremos estar todo el día con él, no concebimos un día sin WhatsApp, Facebook, Instagram e incluso Netflix, que al fin y al cabo es lo mismo. Como en muchas relaciones reales, absorbe nuestro espacio y tiempo, estoy harta de sentirme estresada por tener mensajes pendientes o dejar a medias un capítulo.

Y justo cuando decides no responder, lees un mensaje que dice: “¿Cuándo me vas a responder? Te estoy viendo en línea”. No podemos desconectar de la tecnología porque todo gira a su alrededor.

Las universidades están plagadas de personas que van a clase para conectarse a WhatsApp y Facebook, y encima luego cuando alguien se interesa realmente por una asignatura parece que molesta al resto.

El estrés que ha traído la era digital está ahondando en nuestras vidas. Nos hace estar ansiosos, cansados y hartos, y claro, normal que más de uno tengamos en una mano el móvil y en la otra un bote de ansiolíticos.

Permitidme nombrar la teoría del condicionamiento clásico de Pavlov, este psicólogo acostumbró a su perro a asociar el sonido de una campanilla con la presencia de comida, por tanto, el perro cada vez que escuchaba este sonido salivaba, aún sin haberla siquiera olido. Somos iguales que él, cada vez que vemos iluminada la pantalla del móvil o el sonido de una notificación, nuestro cuerpo se tensa por la endorfina que nos da tener un mensaje sin leer, lo cual al final es más el placer de sentirte demandado que de leer la mierda de mensajes que normalmente recibimos.

He llegado a un punto en el que no sé si somos más zombis o vampiros, pero humanos desde luego que llevamos tiempo sin serlo. Todo se ha magnificado: el hambre de emociones, el inevitable intento de gustar a todo el mundo, subir vídeos de fiesta cuando en realidad estamos aburridos o hacernos una foto con un Lambrusco en la Cata de Vino y luego devolverlo a su sitio. Si esto lo viera mi abuela, me tiraría un buen tirón de orejas.

Zombis porque somos máquinas consumidoras que demandan carne fresca donde hincar el diente y sentirse vivos, estamos tan vacíos que solo queremos abastecernos de emociones falsas, falsas porque nos llenamos consumiendo, consumiendo y consumiendo. Los zombis carecen de alma y voluntad propia, no digo que todos lo seamos, pero sí que vamos camino de serlo.

Vampiros porque aprovechamos cualquier momento para absorber la energía del que se esfuerza, del que se niega a seguir el rol social. Nos pegamos a los demás para conseguir lo que queremos, nos tratamos como medios. Ya no seríamos el ser social que proclamaba Aristóteles, sino más bien el lobo para el hombre que afirmaba Hobbes.

Recuerdo haber estudiado lo que era la utopía, el deseo de una sociedad sin odio, sin guerras, sin miseria y que mi profesor explicara que las ideas de una sociedad basada en la bondad y humildad no triunfan, porque para que algo triunfe debe hundir otra cosa. Yo siempre me he mantenido firme en que una victoria sucia, no es una victoria.

La religión lleva siglos insistiendo en que somos seres perfectos hechos a imagen y semejanza de Dios, pues bien, si Dios existe, debe estar horrorizado con lo que hemos hecho del mundo y seguramente sería el próximo en poner el grito en el cielo con un “a ver si me muero”.

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