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Sunset Boulevard: lo que nos cuenta y lo que no

08 de octubre de 2017 | Modificado: 29 enero 2021

Escena de «Sunset Boulevard» o «El crepúsculo de los dioses» en España

“Nunca me retiraré. Tendrán que quitarme la cámara para que yo deje de hacer películas. Moriré haciendo películas” – Billy Wilder

No hay mejor forma de resumir la trama de una de las obras maestras de Billy Wilder. Sunset Boulevard es una de esas películas que cautiva, una obra que, a pesar de los tiempos que corren, es capaz de enamorarte a la antigua. Es el retrato del viejo Hollywood, la esquela de una época dorada, una historia llena de pasión y amor al ya más que olvidado cine mudo.

Presenta la historia de Norma Desmond, interpretada nada menos que por la admirable actriz de cine mudo de los años 20-30 Gloria Swanson – aunque Swanson no fue la primera opción del director. Norma se niega a creer que sus días de gloria han acabado, rechaza irracionalmente ver la realidad y reconocer que ya es una estrella del ayer. La incesante Norma en un momento por retomar su carrera aprovecha la pésima situación económica de un joven guionista, Joe Gillis (William Holden), para realzar su carrera artística con la obra que ella misma escribió: Salomé.

En una mansión inundada por su vieja yo, vive con su mayordomo Max (Erich Von Stroheim). A pesar de tratarlo mal, cual perro fiel, él sigue apoyándola. Es más, en algún momento Max le confiesa a Joe que es él quien le escribe cartas haciéndose pasar por un fan para que Norma no pierda la esperanza. Sin embargo, sus esfuerzos serán en vano, pues el guion nunca llegará a venderse y ella entrará en un bucle de obsesión. Su dependencia de Joe irá con la música en crescendo y llegará incluso a enamorarse de él y a obligarlo a vivir con ella.

Hay una escena en particular, llena de dramatismo, que acapara mis sentidos. Tras haber estropeado el romance de Joe con Betty Schaefer (Nancy Olson), Norma busca impedir que Joe la odie y decida abandonarla. Entra a la habitación encontrándose con un Joe que ya no solo la rechaza a ella, sino que está empaquetando sus cosas y dejando atrás todo lo que ella le regaló con motivo de comprar su compañía. En otras palabras, ante la negativa de la industria de comprar su película, Joe está dispuesto a abandonar su carrera.

El peso dramático del diálogo y la pasión desenfrenada de Norma que atraviesa la pantalla hacen de esta escena una de las más conmovedoras. Llega un momento en el que estás tan metido en la trama que no quieres que se quede sola, no quieres que pierda lo que queda de ella, de su vínculo con la gran pantalla. Ahí es cuando esta película se hace memorable, en el momento en que sientes los gritos agonizantes de un cine moribundo.

No obstante, Billy Wilder no tiene escrúpulos. Usa a Joe como arma y ataca el frágil corazón de Norma. Joe zarandea lo poco que de ella resta, le dice que madure, que supere el pasado, que ya ha llegado su hora, que el telón, por mucho que haga, seguirá bajado.

Parece un recuerdo, un recuerdo que muere con el paso del tiempo: la historia del cine, la historia de la humanidad. La negativa irracional de una estrella que no quiere dejar de brillar. La locura invade a Norma, abandona su ser y se convierte en la protagonista de su propia película. El inquietante uso de sombras y planos enaltecen una tensión incesante, pero respaldada por un diálogo contundente, corto, conciso, directo, en resumen, propio del cine negro.

“Nunca nadie deja a una estrella, eso es lo que la hace una de ellas”, tras esta declaración de intenciones su luz se apaga, pues ya no podrá salvarse de sí misma. La música se vuelve protagonista y nos zarandea por el desconcierto y deambulo de una Norma ya perdida.

Tal es su locura que encuentra su legado en un público inesperado. «Todavía soy una gran estrella, son las películas las que se han hecho pequeñas”, advertía. Ve en los detectives, periodistas y policías el protagonismo que tanto ansiaba. Disfruta de su último desfile ante las cámaras, baja con gracia la escalera, posa y ve hecho realidad su último sueño. Los últimos fotogramas muestran un magnífico enfoque difuminado que hace desaparecer a Norma entre la multitud como si de un fantasma se tratara.

Homenaje a Hollywood

Billy Wilder ya afirmó una vez que «quizás Sunset Boulevard sea una película cínica, pero para mí esa película es Hollywood; el guionista, el agente, la estrella olvidada, todos eran retratos al natural”, y yo no podría estar más de acuerdo. Se estrenó en verano de 1950 y siete décadas después sigue considerándose un retrato fiel.

La película se centra en la transición del cine mudo al sonoro. Norma una consagrada estrella se niega a aceptar el cambio y se refugia en el cine mudo convenciéndose a sí misma de que es el verdadero cine. La estrella se hace eco del sufrimiento del mundo artístico y en una frase lo pone en una bandeja de plata: «¡No necesitábamos diálogos, teníamos rostros!”. Bien es cierto que lo más maravilloso de esta película no es otra cosa, sino su forma de contar la historia del cine a través de una historia emocionante que cala en lo más profundo del alma.

En su búsqueda por la verosimilitud, Wilder decoró la mansión Desmond con retratos auténticos de Swanson, quería que recordara al viejo glamour de las estrellas. Además, se dice que Norma tiene 50 años, pero no es la edad lo que la envejece porque, como bien dice, «las estrellas no tienen edad». Lo que realmente la deteriora es el miedo a evolucionar y a convertirse de nuevo en una debutante. El cine cambia y progresa con los años, al igual que Hollywood, de un modo u otro, el cambio siempre se abre camino, no sirve de nada intentar frenarlo.

En toda la película se tratan planos cortos, profundos e intensos. Planos que reducen su tiempo y que invitan a observar cada gesto dramático y cada mueca exagerada, es decir, la magia del cine mudo. Además, hace guiños a numerosos momentos del cine clásico, entre ellos a Charles Chaplin del cual la misma actriz, Gloria Swanson, fue extra. En la película, Norma cómicamente se caracteriza e interpreta al mismísimo Chaplin.

Hace también alusión a la película ‘Mulholland Drive’, la cual entre sus personajes cuenta también con una joven e intelectual Betty y un comienzo bastante similar donde aparece un coche en Los Ángeles y un letrero donde se lee “Mulholland Drive”.

Un dato más que buscado es que la misma productora de la película, Paramount Pictures, es la que está presente en la obra, es la misma a la que Norma trata de impresionar para conseguir su reestreno. Además, Erich von Stroheim y Gloria Swanson ya se conocían, pues el primero, como en la película, había sido su director en “La reina Kelly”. Al igual que Cecil B. DeMille, el mentor al que Norma trata de impresionar, se interpreta así mismo en los estudios de Paramount rodando “Sansón y Dalila” cuando esta le interrumpe.

Sunset Boulevard cumple con las características del cine negro. La majestuosidad del claroscuro que destaca a Norma entre el barullo. Los diálogos breves, cínicos, directos y cortantes. Además del flashback y la voz en off.

Sigue una estructura circular, ya que empieza como acaba: Joe muerto en la piscina. La voz que narra la historia no es otra que la de Joe que se convierte en narrador omnisciente para situarnos unos seis meses antes de su muerte. Además, la iluminación tiene un papel vital en la película, pues la acción generalmente ocurre de noche.

En cuanto a sus personajes, dos mujeres importantes entran en escena: la inteligente y tenaz Betty Shaefaer y una Norma Desmond que acaba siendo una femme fatale. Una Norma tan desquiciada por su pérdida de fama que se encierra en su gran mansión para evitar ver el nuevo Hollywood que se alza tras sus puertas. Por otro lado, Joe es un personaje repleto de deudas y al margen de la ley que para intentar solucionar sus problemas se ve envuelto en más.

La música, ideada por Franz Waxman, es, a su vez, protagonista, pues fluye entre música extradiegética y diegética. Es diegética, por ejemplo, en la fiesta de Fin de Año cuando dejamos de escuchar a los músicos porque Joe cierra la puerta, y es extradiegética cuando acompaña a las emociones de sus personajes. La música actúa como un elemento más de caracterización, impregna de personalidad con sus saltos entre agudos y graves cuando es el turno de Norma y cambia a un vals tranquilo y dulce cuando la pasión entre Betty y Joe atraviesa la pantalla.

Sin duda esta película es materia obligatoria y así lo ratifican todos los premios ganados, entre ellos destacan: cuatro Globos de Oro (mejor actriz; mejor director; mejor banda sonora; mejor película) y tres Óscar (mejor banda sonora; mejor argumento y guion; mejor dirección artística).

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